
Esta novela de Benito Pérez Galdós trata de Pepe Rey, cuyo padre concierta, con su voluntad, un matrimonio con Rosarito, la prima del muchacho. Rey acude a Orbajosa, donde conoce a la chica, a su madre (Doña Perfecta) y a varios personajes de la localidad, cuyas actitudes de pueblo chocarán con las suyas, más propias de alguien instruido y con carrera. ¿Se enamorarán? ¿Qué opinarán todos del matrimonio propuesto?
He leído la novela en la edición de Cátedra, que aparece en la foto. A la mayoría os resultará familiar la portada negra con una ilustración en la parte superior. En cada edición un filólogo llena de anotaciones la lectura de la novela para indicar incorrecciones del escritor o contextualizar determinados comentarios cuyo sentido, de otro modo, se le podría escapar al lector.
Hasta aquí todo es correcto. Lo que no soporto es que uno, obligado a enfrentarse con esos numeritos pequeños a lo largo de la lectura (pues estas novelas de renombre raramente se editan no comentadas), se encuentre con que determinadas de esas llamadas sean de tal calibre que... que... ¡que le chafen a uno la novela! ¿Pues no iba yo leyendo las treinta primeras páginas cuando me sale el filólogo de los cojones con una de sus innumerables llamaditas y me suelta que "Este comentario insinúa que, como veremos en el capítulo XXXV, Rosarito decidirá finalmente que blablablabla y bloblobloblo", y hale, la trama medio a la mierda?
¿Pero qué jodida necesidad hay de amargarle la vida a uno de ese modo? Cuando me matriculé en Literatura española, asignatura optativa de Magisterio, lo mismo: la profesora nos chafó decenas de novelas. Casualmente, una de ellas también era de Galdós, y no diré cuál por no imitarla, pero es un tocho enorme y al final una protagonista, dijo ella citando el nombre propio, se muere. ¡Bieeeeen, gracias, qué ganas tengo de leerla ahoraaaaa!
Que no me vengan los sabihondos literatos diciendo que estas novelas de renombre tienen mucha mayor riqueza que la de desconocer cómo se resolverá la trama; porque aunque así sea, que lo es, maldita sea la necesidad que hay de anticipar lo que va a suceder, copón.
Filólogo de los huevos, deje las llamaditas para las páginas finales de la obra, que usted gozará de la misma fama y reconocimiento y los demás disfrutaremos mucho más.
(Y pongan el acento en la a de Cátedra, leches, que luego me ando amargando la vida yo en clase con las esdrújulas y ya veo pa qué).














